Brasil y Estados Unidos han encontrado un punto de coincidencia inesperado en medio de la creciente disputa global por los minerales críticos. La reciente reunión entre Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva en la Casa Blanca dejó en evidencia que ambos gobiernos buscan fortalecer la cooperación en torno a las tierras raras, recursos esenciales para las cadenas de suministro tecnológicas y energéticas. Para Washington, esta alianza también representa una señal estratégica hacia China y un intento por recuperar influencia en América Latina.
Pese a las diferencias ideológicas y los antecedentes de tensión entre Trump y Lula, el acercamiento resulta conveniente para ambas partes. Brasil posee las mayores reservas de tierras raras fuera de China y cuenta además con una matriz energética renovable que podría potenciar la producción minera. La reciente compra de Serra Verde Group por parte de USA Rare Earth Inc., por US$2.800 millones, reforzó la percepción de que el país sudamericano podría convertirse en un actor relevante en este mercado estratégico.
Sin embargo, transformar ese potencial en una industria sólida no será rápido ni sencillo. Brasil arrastra problemas históricos que limitan el desarrollo minero, entre ellos una compleja burocracia, largos procesos de licencias ambientales y un creciente nacionalismo en torno a los recursos naturales. Aunque la presión geopolítica aumente, el país no tiene la capacidad de expandir su producción de tierras raras en el corto plazo.
El interés brasileño por estos minerales no es nuevo. Desde hace más de una década existen expectativas sobre la posibilidad de crear una poderosa industria nacional de tierras raras. En 2011, el empresario Olacyr de Moraes anunció un importante hallazgo en Bahía y generó entusiasmo en el sector. Varias startups surgieron con la ambición de liderar el mercado, respaldadas por la riqueza geológica del país y el auge de la transición energética global.
A pesar de ese optimismo inicial, la mayoría de los proyectos nunca prosperó. La falta de financiamiento, la volatilidad de los precios internacionales y los cambios políticos terminaron paralizando muchas iniciativas. Incluso con enormes reservas minerales, Brasil mantiene una producción de tierras raras todavía muy reducida y lejos de competir con los grandes productores globales.
Otro de los principales obstáculos es el endurecimiento de las regulaciones ambientales y sociales. Los desastres mineros ocurridos en Minas Gerais en 2015 y 2019, que dejaron cientos de víctimas, incrementaron el rechazo de parte de la población hacia nuevas explotaciones. Como consecuencia, obtener permisos para desarrollar proyectos mineros puede tomar entre cinco y diez años, afectando tanto nuevas inversiones como operaciones ya existentes.
El conflicto entre la necesidad de proteger ecosistemas y comunidades y la urgencia de asegurar minerales estratégicos se ha vuelto cada vez más evidente. Mientras gobiernos y empresas destacan la importancia de las tierras raras para sectores como semiconductores, centros de datos y defensa militar, muchas comunidades locales perciben pocos beneficios concretos y muestran resistencia a los proyectos extractivos.
Especialistas del sector advierten que existe una desconexión entre las ambiciones globales y la realidad local. Según Thiago Toscano, director ejecutivo de Itaminas Mineração, la falta de alineación entre las promesas geopolíticas y las necesidades de las comunidades termina retrasando proyectos, elevando costos y dificultando el avance de nuevas inversiones. Sin una estrategia que combine desarrollo local con beneficios tangibles, cada nuevo emprendimiento enfrentará obstáculos similares.
A esto se suma el creciente intervencionismo del Estado brasileño. El gobierno de Lula impulsa medidas para aumentar el control nacional sobre la cadena de suministro y fomentar el procesamiento interno de minerales, con el objetivo de que Brasil deje de ser solo un exportador de materias primas. Aunque esa meta resulta razonable, muchos analistas consideran que el país debería priorizar reglas estables, infraestructura y capacitación laboral para atraer inversión privada. De lo contrario, el objetivo de competir con China en el mercado de tierras raras podría seguir siendo una aspiración difícil de concretar.













