China anunció la suspensión de sus exportaciones de ácido sulfúrico a partir de mayo de 2026, una decisión que busca asegurar el abastecimiento interno en plena temporada agrícola. Sin embargo, la medida llega en un momento especialmente delicado, marcado por la interrupción del suministro global de azufre debido a tensiones en Medio Oriente. La noticia, difundida por Bloomberg, activó rápidamente las alertas en los mercados de materias primas.
El impacto golpea directamente a Chile, cuya minería del cobre depende de manera crítica del ácido sulfúrico para procesos de lixiviación. La situación expone una vulnerabilidad estructural: una oferta local insuficiente frente a una demanda creciente. El cierre de fundiciones y la pérdida de capacidad instalada han reducido la producción interna, obligando al país a depender de importaciones en un contexto global cada vez más incierto.
Las cifras reflejan con claridad la magnitud del problema. Para 2025, se estima que la demanda chilena alcanzará 8,2 millones de toneladas, mientras que la oferta local apenas llegaría a 5,1 millones, generando un déficit cercano a 3,1 millones de toneladas. En 2023, la Región de Antofagasta concentró más del 80% del consumo nacional, con importaciones que superaron los 4,4 millones de toneladas. Ese mismo año, el valor de estas compras alcanzó niveles récord, evidenciando la creciente dependencia externa.
Las proyecciones de Cochilco no son alentadoras. Se anticipa una caída sostenida en la producción local de ácido sulfúrico en los próximos años, lo que ampliará aún más la brecha entre oferta y demanda. A esto se suma el riesgo de salida de actores relevantes del mercado, lo que podría agravar la escasez y presionar aún más los costos operativos de la industria minera.
Desde la perspectiva de China, el ácido sulfúrico ha dejado de ser un simple subproducto para convertirse en un instrumento estratégico. La combinación de prioridades internas, restricciones en el suministro de azufre y una visión de control sobre minerales críticos refuerza una política de integración vertical que ya se observa en otros mercados. Este movimiento no solo responde a necesidades domésticas, sino también a una lógica geopolítica más amplia.
El efecto inmediato para Chile será la necesidad de competir por suministro en un mercado más estrecho, donde proveedores como Perú ganarán protagonismo. A largo plazo, el episodio plantea una disyuntiva ineludible: aumentar la capacidad de fundición local, diversificar proveedores y avanzar hacia una mayor industrialización del cobre. Más que una crisis coyuntural, se trata de una señal clara sobre la urgencia de redefinir la estrategia minera del país.













