Mié. Feb 4th, 2026

El cobre marca máximo histórico por impulso especulativo y debilidad del dólar

El cobre volvió a protagonizar un movimiento que el mercado empieza a tratar como algo casi normal, aunque en realidad no lo sea. En los últimos días de enero, el metal industrial escaló hasta un máximo histórico por encima de los US$14,000 por tonelada en la Bolsa de Metales de Londres, impulsado por una combinación de apetito especulativo, un dólar debilitado y tensiones geopolíticas que suelen dirigir a los inversionistas hacia activos tangibles.

El avance no pasó desapercibido. El contrato de referencia a tres meses llegó a tocar los US$14,527.50 por tonelada el 29 de enero de 2026, antes de moderar parte de la ganancia durante la misma jornada. Más allá del nivel alcanzado, lo que destacó fue la velocidad del movimiento: el cobre registró su mayor alza diaria en más de 15 años, de acuerdo con Reuters.

El entusiasmo también se trasladó a Asia. En la Bolsa de Futuros de Shanghái, el contrato más activo subió con fuerza y marcó un récord en yuanes. Sin embargo, ese repunte financiero no estuvo acompañado por señales claras de una demanda física igualmente sólida, lo que abrió una brecha entre precios y consumo real.

El rally tomó forma principalmente a partir de compras especulativas, con una participación relevante de operadores en China y de fondos que buscaron aprovechar el momento. El mercado no respondió a un evento puntual de oferta ni a un dato aislado de inventarios, sino a una narrativa que fue ganando fuerza y retroalimentándose.

Esa narrativa combina expectativas de crecimiento económico en Estados Unidos con mayores inversiones en infraestructura eléctrica, centros de datos y procesos de automatización industrial. A ello se sumó la debilidad del dólar, que suele hacer más atractivas las materias primas denominadas en esa moneda para compradores que operan con otras divisas, acelerando los flujos financieros hacia los metales.

La geopolítica añadió una capa adicional de impulso. En un entorno de mayor incertidumbre internacional, muchos portafolios incrementaron su exposición a activos reales. Según Reuters, este comportamiento se reflejó en varios metales básicos, acompañados de episodios de alta volatilidad en todo el complejo.

La escalada de precios dejó sobre la mesa una pregunta difícil de esquivar: si la demanda real puede sostener niveles tan elevados. El cobre es clave para la electrificación global, desde redes eléctricas y vehículos eléctricos hasta energías renovables y almacenamiento, y la Agencia Internacional de Energía lo considera un mineral crítico para la transición energética.

Sin embargo, el mercado físico envía señales distintas cuando los precios suben con tanta rapidez. Analistas citados por Reuters advirtieron que valores tan altos pueden enfriar compras industriales, incentivar el uso de inventarios, retrasar pedidos o incluso promover la sustitución parcial del cobre por aluminio en ciertas aplicaciones.

China volvió a ilustrar ese contraste. Aunque los futuros marcaron récords, las señales de consumo físico mostraron debilidad y no parecían tan ajustadas como sugerían los precios, dando la impresión de un mercado que avanza a dos velocidades: la financiera y la industrial.

Este tipo de episodios suele tener efectos inmediatos en la economía real. El encarecimiento del cobre obliga a ajustar cronogramas de proyectos, renegociar contratos y trasladar costos. La electrificación global no se detiene, pero sí se vuelve más costosa y compleja de ejecutar cuando el metal se encarece de forma abrupta.

Para los inversionistas, el escenario plantea un dilema clásico. Entrar tarde implica asumir precios elevados, mientras que quedarse fuera supone el riesgo de perder una extensión del rally. Al mismo tiempo, la volatilidad induce ajustes de riesgo, cambios en estrategias de cobertura y una mayor vigilancia sobre movimientos impulsados por la especulación.

En el caso de México, el récord del cobre abre lecturas contrapuestas. Los precios altos mejoran el atractivo de proyectos mineros y elevan el potencial de ingresos, pero también intensifican el escrutinio público sobre impactos ambientales y sociales. Más allá del corto plazo, el desafío para el país es convertir el auge del cobre en una palanca industrial sostenible, capaz de generar valor sin deteriorar el territorio ni fracturar la relación con las comunidades.

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