La posible reactivación de la industria del aluminio en Venezuela volvió a captar la atención de analistas e inversionistas. El disparador es un cálculo de Wood Mackenzie: restaurar la capacidad productiva a lo largo de toda la cadena —desde la bauxita hasta el aluminio primario— exigiría inversiones de entre US$1,6 y US$2,3 mil millones.
El punto de partida es severo. Venezuela pasó de contar con una capacidad superior a 600.000 toneladas anuales de aluminio primario a una producción prácticamente inexistente en 2025. Esa contracción eliminó del mercado a un proveedor regional que durante años fue relevante para cadenas industriales en América.
El interés resurge en un contexto particular. Wood Mackenzie vincula el debate con cambios recientes en la política de Estados Unidos hacia Venezuela y con una discusión más amplia sobre seguridad de suministro de metales. En la región, varios países buscan cadenas más cortas y menos vulnerables a disrupciones externas.
Uno de los principales atractivos del país es su cadena históricamente integrada. Venezuela no solo posee bauxita, sino también infraestructura para refinar alúmina y producir aluminio primario. Aunque hoy opere a mínimos, ese trazo industrial sigue existiendo y marca una diferencia frente a proyectos que parten desde cero.
La dotación minera refuerza ese argumento. El país cuenta con bauxita de clase mundial: más de 300 millones de toneladas en reservas probadas y hasta 5.000 millones de toneladas inferidas. Ese volumen otorga potencial de largo plazo, siempre que exista capacidad de convertir el recurso en metal.
La reactivación, sin embargo, implica tareas concretas y costosas. Wood Mackenzie ubica el arranque en el yacimiento de Los Pijiguaos, donde recuperar una producción cercana a 2 millones de toneladas anuales requeriría entre US$100 y US$200 millones en infraestructura, procesamiento y transporte. A ello se suma la refinación: la planta Interalumina necesitaría entre US$500 y US$600 millones para rehabilitar equipos y servicios clave.
El mayor desafío aparece en la fundición. El aluminio primario depende de electricidad abundante y estable, un punto crítico en Venezuela tras años de apagones y deterioro de redes. El corte masivo de 2019 dejó fuera de operación buena parte del parque industrial y golpeó con fuerza al sector del aluminio.
Por eso, no todas las plantas parten igual. Wood Mackenzie considera que Venalum es el candidato más viable para un reinicio, mientras que Alcasa enfrenta un estado operativo más comprometido. Reactivar Venalum demandaría entre US$1.000 y US$1.500 millones para reponer celdas, sistemas eléctricos y producción de ánodos, con el potencial de acercarse a 460.000 toneladas anuales.
El potencial económico convive con riesgos evidentes. La consultora menciona la necesidad de energía firme, seguridad operativa y garantías mínimas para el capital privado. También señala un incentivo clave: acceso sin aranceles al mercado estadounidense, en un contexto donde Estados Unidos presenta un déficit estructural de aluminio primario superior a 5 millones de toneladas. Con todo, la reactivación compite por capital con el sector petrolero, un factor que puede definir si el aluminio vuelve o no a ocupar un lugar estratégico en la agenda venezolana.














