En 2025, el mercado internacional del litio vivió un proceso de reordenamiento profundo tras la fuerte caída de los precios, que pasaron desde niveles récord a valores mucho más moderados. Para Sebastián Quiñones, Director de Desarrollo Estratégico de la Cámara Internacional del Litio y Energías (CIL Lithium), esta corrección no representó un retroceso, sino un ajuste indispensable para estabilizar la industria, según comentó en conversación con Portal Minero.
Quiñones detalló que durante este año se observó una estabilización importante en las cotizaciones del mineral, que descendieron desde cerca de US$ 70.000 por tonelada a cifras cercanas a los US$ 11.000. Aunque el desplome fue interpretado inicialmente como un signo de crisis, el especialista sostiene que este ajuste permitió que los actores más sólidos del sector siguieran en pie y que el mercado retomara un equilibrio necesario.
El analista explica que la baja en los precios respondió a múltiples factores. Uno de ellos es la entrada de nuevos desarrollos, particularmente en Argentina, donde numerosos proyectos avanzan hacia fases productivas. También subraya el caso de Zimbabue, que dejó de ser un actor marginal para ubicarse entre los principales productores de litio a nivel mundial.
Otro elemento decisivo fue el desempeño del mercado de vehículos eléctricos. Aunque la demanda no creció al ritmo esperado, la expansión de los sistemas de almacenamiento energético (BESS) compensó esta desaceleración. Según Quiñones, estos sistemas ya representan cerca del 13% del consumo global de litio, un incremento que tomó por sorpresa a buena parte del sector.
Mirando hacia 2026, el representante de CIL Lithium proyecta una demanda robusta para el mineral. Basándose en estimaciones recientes, anticipa que el precio podría ubicarse entre US$ 15.000 y US$ 20.000 por tonelada hacia 2026 o 2027, en línea con una expansión proyectada del 400% en la demanda de litio hacia 2040.
No obstante, el analista no descarta un escenario aún más optimista, que podría llevar los precios hasta los US$ 25.000 por tonelada en caso de que China reduzca su producción. Sin embargo, advierte que una escalada en la tensión comercial entre Estados Unidos y China podría ejercer el efecto contrario y mantener los valores entre US$ 10.000 y US$ 12.000.
En paralelo, Chile ha comenzado a protagonizar un capítulo relevante con la creciente presencia estatal en proyectos de litio. Ejemplos de ello son el acuerdo entre Codelco y SQM, así como los avances impulsados por Enami en la zona de los Salares Altoandinos, iniciativas que responden —según Quiñones— a una tendencia global donde los estados desempeñan un rol estratégico en la industria.
A juicio del director de CIL Lithium, el acuerdo Codelco–SQM permitirá que Chile vuelva a posicionarse entre los líderes mundiales de producción, dado que abre la posibilidad de duplicar o incluso triplicar los niveles actuales. También valora el proyecto Salares Altoandinos, desarrollado junto a Río Tinto, que considera clave y con una inversión superior a los US$ 3.000 millones, destacando su orientación hacia altos estándares ambientales.
En materia tecnológica, Quiñones subraya el avance de la Extracción Directa de Litio (DLE), una herramienta que acelera considerablemente los procesos productivos y que apunta a mejorar la eficiencia hídrica y energética. Menciona como ejemplos las tecnologías de Lilac Solutions y Eramet, ya operativas en distintos proyectos, y destaca que la región debe avanzar hacia menores consumos de agua, mayor eficiencia energética y reducción de costos.
Finalmente, el especialista plantea la necesidad de un cambio cultural que permita proyectar la industria a largo plazo. En su visión, más que temer repetir errores del pasado, es necesario construir planes de desarrollo a 5, 10, 20 y hasta 50 años, considerando que el litio seguirá siendo un recurso clave frente a otros materiales de almacenamiento que, por el momento, no igualan sus propiedades químicas y energéticas.
En su Hoja de Ruta al 2030, la CIL Lithium propone fortalecer la posición de Chile, Argentina y Bolivia en el conocido “Triángulo del Litio”, poniendo énfasis en la coordinación regional, una regulación flexible e incentivos a la industrialización y trazabilidad. Quiñones aclara que esta coordinación no implica crear un cartel, sino compartir estándares tecnológicos, ambientales y de valor agregado. Asimismo, plantea que la flexibilidad normativa es crucial para fomentar innovación sin desencadenar guerras de precios, y que la industrialización regional será clave para asegurar que el litio se traduzca en desarrollo social y económico para los países productores.
















